El Beethoven de seis cuerdas

Yamilé Jiménez
12/ 02/ 2018

En septiembre de 2016 y 2017 tuvo lugar en la ciudad de Barcelona el I y II “Festival Internacional de Guitarra Fernando Sor”, con la finalidad de congregar a intérpretes, maestros, conferencistas, concursantes, lutieres y en general amantes de este instrumento; pero más que todo y según el guitarrista y compositor Albert Ferrer Flamarich, quien funge como director artístico del evento, se trata de homenajear y perpetuar la figura de Fernando Sor, justo en la ciudad que lo vio nacer.

Este compositor y guitarrista catalán nació el 13 de febrero de 1778 y a lo largo de su activa vida musical, incursionó en la creación de géneros como la ópera, el ballet, la música sinfónica, vocal y de cámara; pero sus aportes fundamentales se relacionan con sus partituras para guitarra (Estudios, Variaciones, Sonatas, Valses, Divertimentos, Fantasías, Bagatelas, Danzas y Duetos) y su Método didáctico, con lo que favoreció la revalorización de la guitarra en las primeros décadas del siglo XIX.

Fernando Sor aprendió música de pequeño, llegando a componer tempranamente sus primeras piezas para guitarra; sin embargo, en aquel tiempo, la atención musical se centraba en torno al piano, al violín y a la ópera, mientras la guitarra se limitaba a pequeños escenarios en salas reducidas y tertulias entre amigos.

A esto se suma que entre finales del siglo XVIII y primera mitad del XIX, la guitarra recorrió una etapa de inestabilidad y transformaciones, y mientras algunos constructores proponían cambios drásticos a la estructura e incluso abogaban por fusionarla con distintos instrumentos, otros, en cambio, se limitaron a alternativas más sencillas comenzando por eliminar los órdenes dobles a favor del empleo de seis cuerdas simples, como la conocemos en la actualidad.

De hecho, en el Smithsonian Institution, de Washington D.C, se exhibe una guitarra de seis cuerdas simples construida en 1773, que muy probablemente sea una de las primeras de este tipo.

Pero volviendo a Fernando Sor, se sabe que en España trabajó en Madrid bajo la protección de la Duquesa de Alba y a la muerte de ésta, entró al servicio del Duque de Medinacelli, para finalmente trasladarse a Málaga y desempeñarse como administrador real en Andalucía desarrollando una intensa actividad como compositor, guitarrista y funcionario musical.

Con estallido de la Guerra de Independencia en la primera década del siglo XIX que dejó devastado gran parte del territorio español, Fernando Sor se exilió en Francia y en la capital disfrutó rápidamente de cierta popularidad gracias a la publicación de algunas de sus piezas cortas en el Journal de Musique Étrangère pour la Guitare ou Lyre.

Sin embargo, su intento por obtener la plaza de compositor en la capilla real no dio resultado y decidió enfocar su mirada hacia Londres, donde por cierto, existía un cuantioso asentamiento de emigrantes españoles, que como él, habían salido huyendo de la guerra y sus consecuencias.

En la capital británica Fernando Sor tuvo una excelente acogida y además de ofrecer conciertos como guitarrista, impartió lecciones de canto y compuso numerosas arias en estilo italiano para voz y piano y los ballets: La Foire de Smyrne, Le Seigneur Généreux, y Cenerentola.

En 1823 el músico viajó a Rusia donde compuso el ballet Hercules y Onfalia quedos años más tarde se presentó con gran éxito durante la coronación del Zar Nicolas I.

Igualmente en 1825 cuando la compañía de ballet dirigida por Adam Gluszkovsky se estableció como entidad, su Cenerentola fue seleccionada para inaugurar el teatro Bolshoi.

Fue esta una etapa importante en la vida de Sor, ya que además de efectuar varias giras por Europa, compuso muchas de sus mejores obras que denotan un lenguaje musical avanzado para su tiempo.

En 1827 decidió regresar definitivamente en París para dedicarse por entero a la guitarra como compositor, maestro y concertista. Ofreció su último concierto en abril de 1836 y su última composición, una Misa en honor de su hija, data de 1837.

Fernando Sor murió el 10 de julio de 1839 y por sus aportes a la interpretación de la guitarra, en su doble condición de autor e intérprete, el crítico belga Francois Joseph Fetis (1784-1871) -considerado uno de los personajes más influyentes del siglo XIX-, lo decretó el Beethoven de la guitarra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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