Últimas palabras del embriagado corazón de Chopin

Yamilé Jiménez
26/ 12/ 2017

No son pocos los que adjudican a la música del polaco Frédéric Chopin (1810-1849) epítetos como: maravillosa, fascinante, sugerente, seductora y una extensa lista de sinónimos más o menos similares.

Lo cierto es que en resumen, sus obras, esencialmente para piano, embriagan como pocas, por su naturaleza marcadamente sentimental e intensa. Si un individuo personificó el ideal del romántico fue Chopin, quien sufrió, amó, compuso e interpretó hasta la agonía existencial y, murió con tan solo 39 años castigado por una precaria salud que le acompañó siempre.

Como colofón, fue un devoto de su tierra natal, llevando una muestra consigo en una copa de plata que recibió de regalo al dejar Varsovia y además plasmó en sus partituras a través de géneros y melodías.

"Me sucede a veces que no puedo por menos que suspirar y penetrado de dolor, vierto en el piano mi desesperación"…escribió en su diario.

Desde su etapa adolescente, Chopin descubrió su fuerte individualidad y en la búsqueda por perfeccionarla, se lanzó en solitario al estudio de la música, negándose a recibir lecciones en el Conservatorio de Varsovia y más tarde en el de París. Escasos meses después de haber cumplido los veinte años, Chopin era un profeta en su tierra.

Entonces decidió que era tiempo de conquistar Europa y aunque estableció su primera parada en Viena, la capital austriaca estaba demasiado absorta con la cadencia de los valses de Strauss como para notar la presencia de un joven pasional y nostálgico que además personificaba los eventos insurgentes que tenían lugar por entonces en Varsovia y que habían traído muerte y destrucción a la capital polaca.

Decepcionado con la escasa atención de la capital del Imperio austrohúngaro, Chopin dejó Viena en 1831 y en Stuttgart, sufrió física y emocionalmente, la noticia de la caída de Varsovia a manos de los rusos, dejando una muestra tangible de sus inquietudes a través del "Estudio Revolucionario" en do menor op. 10 No. 12.

París resultó la ciudad donde Chopin logró ser incluido en el ambiente cultural, compartiendo sentimientos, ideas y aficiones con Balzac y Víctor Hugo, Rossini y Bellini y sobre todo con Liszt y Mendelssohn quienes le brindaron su apoyo incondicional y estimularon su trabajo como pianista y compositor.

Un hecho casi fortuito puso su nombre en boca de la nobleza parisina de manera que comenzó a impartir regularmente lecciones de piano a la baronesa de Roythschild y más esporádicas a la princesa de Vaudemont, el príncipe Adam Czartoriski y el conde Apponyi.

Estos honorarios de maestro eran aceptables y le sirvieron para ganarse el sustento hasta el final de su vida, aunque   Chopin siempre prefirió tocar y componer.

Un año después de llegar a París, muchas partituras del músico polaco eran editadas por prestigiosas firmas de Alemania e Inglaterra y hasta 1835 vivió un periodo fructífero como compositor y ofrecía conciertos públicos exitosos, si bien no abandonó nunca su labor como maestro. "...me veo introducido en el gran mundo, en medio de embajadores, príncipes, ministros y no sé porque milagro, pues he hecho nada para penetrar en él…", aseguraba en una carta fechada en 1833.

Pero Chopin sufría, sufría por dentro y por fuera, con el espíritu y con el cuerpo, y en 1835 pensó incluso en suicidarse y cuando le diagnosticaron la tuberculosis, ni el aire mediterráneo de la isla de Mallorca ni la compañía de la novelista George Sand, consiguieron mitigar sus penas.

Febrero de 1848 resultó la fecha de su última presentación pública en París y aunque todavía tuvo fuerzas para trasladarse a Londres en abril, su correspondencia era la más viva estampa del desamparo y el desasosiego: …."Padezco de una nostalgia estúpida; a despecho de mi resignación, no sé qué hacer con mi persona... Ya no puedo estar triste o feliz; ya no siento realmente nada, vegeto, sencillamente, y espero con paciencia mi fin…"

El 17 de octubre de 1849 llegó el irremediable final y con él, se cumplieron sus dos últimas voluntades: la primera ejecutar en sus exequias dos de sus preludios y el Réquiem, de Mozart, y la segunda extraer el corazón de su cuerpo, colocarlo en un ánfora con coñac y depositarlo en su amada Varsovia.

En su tiempo, el médico forense dictaminó que fue la tuberculosis la causa de su deceso; sin embargo, gracias al excéntrico pedido de Chopin, un análisis reciente practicado al miocardio del compositor puso al descubierto que murió de una pericarditis.

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