El más sibarita de los lutieres

Yamilé Jiménez
20/ 12/ 2017

Este instrumento de cuerdas frotadas es, aparentemente, un violín corriente, pero si tuviéramos la enorme fortuna de escucharlo, nos demostraría rápidamente nuestro magno error.

Y es que se trata de "El Español II" que, perteneciente a la colección Stradivarius Palatinos, se halla en Madrid, capital de España, y pertenece a la más grande muestra de instrumentos construidos por el célebre artesano italiano.

Antonio Stradivarius (1644-1737) nació en 1644 y murió en 1737 en Cremona, una localidad de Lombardía que -además de presumir de su majestuosa catedral románica y los frescos de Boccaccino que cubren sus paredes interiores-, fue la cuna de varias dinastías de constructores de instrumentos musicales, comenzando con su fundador Andrea Amati a finales del siglo XVI y concluyendo aproximadamente hacia 1760.

Sin embargo, a pesar de la innegable autoridad de sus contemporáneos, los Stradivarius son los más valorados y perseguidos, tanto por los intérpretes como por aquellos que se dedican a coleccionar antigüedades.

Antonio Stradivarius trabajó durante toda su vida como lutier y se cuenta que, casi nonagenario, aún podía encontrársele en su taller retocando sus joyas o aleccionando a sus hijos Francesco y Omobono para que continuaran la tradición constructora de los instrumentos cremoneses.

Al final, de su laboratorio salieron un significativo número de violines y otros de la familia de las cuerdas, de los cuales hoy se conservan cerca de la mitad del total de sus instrumentos fabricados.

Durante mucho tiempo, el secreto sonoro de los Stradivarius permaneció en una especie de limbo y de hecho, al no encontrarse una respuesta concluyente que esclareciera cómo fueron construidos, se aseguraba que el famoso violero se había llevado la arcana fórmula a la tumba.

Se consideró en más de una ocasión sobre el tipo de barniz empleado y también de las características de la madera (arce y abeto); incluso para desentrañar su excelsitud se llegó a discutir sobre la incidencia de las variables meteorológicas, ya que Antonio Stradivarius vivió en una etapa en la cual el Viejo Continente padeció un clima casi glacial, otorgándoles características muy particulares a las fibras de los árboles utilizados.

Por supuesto, no faltan hipótesis fantásticas y novelescas como aquella que aseguró que los instrumentos Stradivarius fueron hechos con troncos de barcos hundidos.

Se especuló también que su creador extrajo la madera de un árbol que yacía en medio de un río y al ser desarraigado de su lugar de origen, arrastró consigo la vibración del agua y la depositó en cada instrumento musical creado con sus vigas.

Pero con cada suposición aparecía una contrapropuesta ya que otros instrumentos fabricados en la misma época y en condiciones similares no alcanzaron la esplendidez de los Stradivarius.

Lo que probablemente muy pocos pensaron fue que el secreto de los magníficos instrumentos se debe básicamente a una contrariedad eventual.

En el año 2009 y luego de varias décadas de pesquisas, un estudio efectuado por especialistas en química y bioquímica de la Universidad de Texas, en Estados Unidos, arrojó que durante el periodo de construcción de Stradivarius, una severa plaga de insectos azotó gran parte de Italia.

Con el fin de proteger y conservar sus instrumentos, el artífice italiano creó un exclusivo ungüento insecticida, probablemente sin tener idea que sería esta la clave para inmortalizar el  sonido de sus instrumentos y con ello, su nombre.

Aunque Antonio Stradivarius fabricó violas, violoncelos, contrabajos, violas da gamba, mandolinas, guitarras y un arpa, los violines son, sin dudas, los más estimados y su valor aumenta constante y considerablemente, alcanzando cifras millonarias en ventas y subastas.

Sin embargo, el más codiciado y famoso de los violines Stradivarius es el llamado "Messiah", pero ese, no está en venta.

 

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