La Divina Comedia vista por Franz Liszt

Yamilé Jiménez
24/ 11/ 2017

A pesar del pleno convencimiento de que la música podía expresarse con mayor eficacia que la poesía, las obras del pianista y compositor húngaro Franz Liszt (1811-1886) se distinguen por un intenso aroma literario.

Grandes maestros de la pluma resultaron inspiración en las numerosas partituras del músico magiar de manera que, en su extenso catálogo encontramos títulos como: Los Ideales, basada en versos de Friedrich von Schiller; Hamlet, inspirada en el héroe shakesperiano; Los preludios, comentario musical sobre “Nuevas inspiraciones poéticas”, de Alphonse de Lamartine; Lo que se oye en la montaña, sobre un poema de Víctor Hugo, y sus sinfonías Fausto, inspirada en el personaje de Johann Wolfgang von Goethe, y Dante, motivada por los versos de La divina comedia, entre otras tantas partituras de su autoría.

Esta última pieza orquestal (Dante), se gestó entre los años 1855 7 1856 para su estreno final el 7 de Noviembre de 1857 en la ciudad alemana de Dresde contando en podio con la figura de su creador.

El interés por llevar este clásico de la literatura universal a una sinfonía había surgido en Liszt varios años antes, cuando hacia 1830 compartía su vida amorosa con la condesa y escritora francesa Marie d’Agoult y bajo su influencia el músico se entregó a la lectura de la obra cumbre de Dante Alighieri.

Del primer intento resultó una pieza para piano: Après une lecture du Dante, fantasia quasi sonata, lo que le llevó seguidamente a proyectar una obra más ambiciosa en cuanto a dramaturgia, extensión y formato.

Sin embargo, el ajetreo propio de la vida de concertista desplegada exitosamente por Liszt de 1839 a 1847, que lo llevó por toda Europa desde Lisboa hasta Moscú, pasando por Dublín y Estambul, frenó muchos de sus sueños en el terreno de la composición.

Hasta que en 1848 se estableció como director musical en la corte ducal de Weimar y se entregó a componer y a dirigir en fructífero período que duró varios años.

Justamente de esta etapa transcurrida en la ciudad centro alemana destacan algunas de sus obras más ambiciosas: Danza Macabra o Totentanz para piano y orquesta; numerosas obras para órgano y piezas religiosas y sus dos sinfonías Fausto y Dante matizadas todas por una amplia exploración del color orquestal, de la armonía y de las estructuras formales.

En el caso de Dante, algunos consideran que esta Sinfonía es una suerte de expansión del poema sinfónico, género programático en una sola sección que desarrollado en los siglos XIX y XX se relacionó estrechamente con otras manifestaciones del arte como la literatura, la pintura, el teatro, etc.

Dante consta de tres movimientos: Infierno, Purgatorio y Paraíso, incluyendo en este último la participación de un coro femenino e infantil.

En el Infierno, la música creada por Liszt comienza a través de melodías descendentes.

La caída al círculo infernal y una lóbrega fanfarria de metales graves y contrabajos describe el ambiente dantesco de las frases: Per me si va nell’eterno dolente,  Per me si va tra la perduta gente ( por mi se llega al eterno dolor y a la gente perdida) , en contraste con los metales agudos que responden al texto: Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate (todos aquellos que entran, dejad toda esperanza).

El Purgatorio representa un punto intermedio entre los movimientos extremos que, de alguna manera y con la ayuda de los acordes del arpa, anuncian la proximidad de la luz, aunque ciertos visos de tristeza y dolor en el camino hacia a la gloria, aparecen representados por el sonido de fagotes y clarinetes y una fuga de expresión luctuosa.

Por último, el Paraíso deviene música con un elevado contenido espiritual en el cual, las voces interpretan un Magníficat como elogio supremo a la Creación divina, acompañado por el sonido claro de flautas y arpas que va extinguiéndose progresivamente y simboliza la figura de Dante contemplando, finalmente, la grandiosidad celestial.

Si una obra orquestal exhibe el típico ideal romántico, esa es la Sinfonía Dante, de Franz Liszt, paradigma de su talento musical en armonía perfecta con su erudición, comprensión y amor por la literatura y la poesía.

 

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