Una caja de joyas cumple 200 años

Yamilé Jiménez
24/ 11/ 2017

Hace varios años visité la pintoresca ciudad  de Pesaro  que,  como otros tantos parajes   italianos,  es una localidad pequeña pero  acogedora que muestra al visitante  sus encantos turísticos  y  una  atractiva alfarería de cerámica y porcelana.

En una de sus angostas calles, una modesta casa recuerda que allí también nació Gioacchino Antonio Rossini (1792-1868), con certeza uno de los más prolíficos  compositores de ópera, y naturalmente el hijo más ilustre de Pesaro.

De su madre, una seconda donna de comedias italianas,  Rossini heredó el gusto por el teatro y con 18 años mostró sus primeras partituras para la escena.

Aunque en ellas persistían los modelos antiguos, los  atisbos de grandeza comenzaron a dar señales a partir de 1812 cuando estrenó en La Scala de Milán: La pietra del paragone  y al año siguiente  Il signor Bruschino.

A continuación, el joven compositor consiguió   muchos otros encargos en diversos teatros italianos y en un lapso de 16 meses llegó a crear 16 óperas.

Con  títulos como “Il barbiere di Siviglia”, “La Cenerentola” o L'italiana in Algeri”, Rossini conquistó definitivamente la gloria universal, situando cada una de estas partituras dentro de  las mejores óperas italianas  de todos los tiempos, pero a la vez, estos mismos títulos han eclipsado otros, que, a juicio de los expertos,  no  son menos logrados que sus más famosas óperas.

Tal es el caso de “Armida” drama en tres actos estrenada en el teatro de San Carlos en Nápoles el 11 de noviembre de 1817, hace ya 200 años.  

El texto fue cuidadosamente seleccionado a partir del poema épico “Jerusalén liberada”, creado en 1581 por el poeta renacentista italiano Torcuato  Tasso y llevado luego  a libreto operático por Giovanni Schmidt.

La trama  se desarrolla en la época de las Cruzadas y narra la historia de Armida, una  adivinadora que despliega sus encantos sobre los hombres atrayéndolos a una isla con la idea de que,  una vez encarcelados, se producirá  el  deterioro del ejército  de los cruzados.

Se trata de una historia típica que tiene por  eje central la lucha entre el bien y el mal,  el amor y la venganza y en  la que  tampoco  faltan elementos fantasiosos  como ninfas,  jardines encantados, varas mágicas  y todo un arsenal de ardides y subterfugios para que su protagonista  triunfe a través del engaño.   

El 11 de noviembre de 1817,  cuando tuvo lugar el estreno de Armida, el rol de Prima Donna fue interpretado por la colosal soprano madrileña Isabella Colbran (1785-1845), catalogada como una  voz determinante en el florecimiento del bel canto italiano.

La Colbran,  amante primero, luego esposa de  Gioacchino Antonio Rossini, exhibía una admirable potencia vocal y sobre todo una paridad en su registro que le facilitaba transitar desde la tesitura de mezzosoprano grave a las notas más agudas de una soprano, coloratura con la misma  facilidad, belleza y dominio técnico.

Es así que Armida luce uno de los roles de soprano más extensos y vocalmente complejos de todos los escritos por Rossini.

Probablemente sea esta una de las razones por las cuales, a pesar de sus maravillosas melodías y su fuerza épica, es una de las óperas menos representadas del repertorio italiano.

No obstante, en la Temporada de ópera  2009-2010 del MET de Nueva York,  Armida fue exhibida con gran éxito,  y cual bella durmiente, despertó de un largo sueño asombrando a los espectadores con su magia, despliegue musical, impresionantes efectos visuales y le interpretación de los protagónicos vocales a cargo de la soprano Renee Fleming y  los tenores Lawrence Brownlee y John Osborn.

Por su parte, la  directora Mary Zimmermann calificó  esta partitura rossiniana como: “un tesoro enterrado, una caja llena de joyas”. 

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