El violonchelo en manos de mujer

Yamilé Jiménez
31/ 10/ 2017

Siempre he leído y escuchado que la discriminación es, a grandes rasgos, una posición en la cual una persona o grupo se ubica arbitraria e ilegalmente por encima de otro, y generalmente tiene a sus víctimas más vulnerables en los sectores minoritarios.

Esto de las minorías no creo que se ajuste mucho a la discriminación de género pues, aunque no tengo el dato preciso, me aventuraría a asegurar que en el mundo existe mayor cantidad de mujeres que de hombres.

En la música es ampliamente conocido que, desde tiempos remotos, las mujeres han tenido que batallar a capa y espada, primero para ubicar sus señas en la historia, y luego para alcanzar el sitio que verdaderamente han merecido en correspondencia con su talento y los logros alcanzados.

Entrando ya en el tema que me ocupa, y aunque resulte sorprendente, durante siglos el violonchelo fue, esencialmente, un asunto de hombres.

Como todos sabemos, este instrumento musical pertenece a la familia de las cuerdas frotadas y los ejemplares más antiguos que han llegado hasta nosotros fueron creados hacia 1560 y corresponden al famoso lutier cremonés Andrea Amati.

El violonchelo, como también se sabe, se ejecuta colocándolo entre las piernas del intérprete y sosteniéndolo así entre las rodillas, pero sorprendentemente hasta las primeras décadas del pasado siglo XX, el chelo era un instrumento vetado para las mujeres.

La razón era que la postura habitual de su ejecución era tildada de indecorosa, impúdica, inmoral, y es más, varios artículos sostienen que en 1930 una normativa de la respetabilísima orquesta BBC de Londres prohibía tajantemente la contratación en su plantilla de mujeres violonchelistas.

Esta absurda prohibición no impidió que las féminas tocaran este instrumento durante el siglo XIX, siendo el caso más destacado la violonchelista Lisa Christiani a quien Félix Mendelssohn dedicó: Canción sin palabras Op 109; pero si condicionó que el sonido resultante de una mujer violonchelista fuera catalogado como débil, inconsistente y nimio.

Pero no podía ser de otra manera, si para un hombre manejar la extensión del chelo supone un gasto de energía considerable , imaginemos por un momento el esfuerzo necesario de una mujer que era obligada a colocar el instrumento por delante de las piernas unidas o hacia un lado, forzando el torso a adoptar una postura torcida y absolutamente anti natural.

Podría decirse que el violonchelo posee una historia para los hombres y otra para las mujeres y en esta última, la portuguesa Guilhermina Suggia (1885- 1950), fue una revolucionaria, una pionera en asuntos como la sonoridad, la técnica y sobre todo la posición del violonchelo para las féminas.

Guilhermina Suggia fue una niña prodigio al ofrecer su primer concierto público en 1892 con solo 7 años y en una fotografía de esa época ya aparece interpretando un pequeño violonchelo con la postura masculina.

Gran incidencia en esto hubo de tener su padre, violonchelista de profesión, y su primer maestro en la música y en la vida que no exigió a la pequeña cumplir con los tabúes sociales relacionados con la postura femenil del instrumento.

Muy joven Guilhermina se trasladó a Leipzig para continuar sus estudios convirtiéndose en la primera mujer en presentarse públicamente como solista y en tocar su instrumento colocándolo entre las piernas.

Hacia 1905 (algunas fuentes lo ubican en 1907) se instaló París y aunque arribó a la ciudad luz con un prestigio bien ganado, su unión sentimental y profesional con el violonchelista catalán Pau Casal dio como resultado que la prensa los reconociera en varias oportunidades bajo el rótulo de «los dos mejores violonchelistas del mundo».

Luego llegó la ruptura y la portuguesa se fue a Londres donde continuó su galopante carrera, presentándose frecuentemente en importantes salas y teatros de toda Europa.

En 1923 luego de un concierto con la filarmónica de Madrid la crítica comentó:

«Joven, de esbelta figura, es Guilhermina Suggia un temperamento artístico verdaderamente extraordinario»

Años más tarde al juzgar su interpretación del Concierto para violonchelo en si menor opus 104 de Antonin Dvorak la prensa dijo: «está, sin dudas, en la plenitud de su arte».

Guilhermina Suggia volvió a Oporto, su ciudad natal, después de servir como voluntaria de la Cruz Roja durante la Segunda Guerra Mundial, y allí comenzó a conjugar sus conciertos con el magisterio y creó también un concurso para promocionar a los mejores violonchelistas menores de 21 años.

En 1949 ofreció un recital en el reconocido Festival Internacional de Edimburgo, en Escocia que sería su última presentación, ya que murió al año siguiente víctima de un cáncer de hígado.

Actualmente la principal sala de conciertos de Oporto lleva su nombre, pero muchos desconocen lo que éste significó verdaderamente para la historia del violonchelo, que en sus manos de mujer, tiene un antes y un después.

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