La primera mujer que escribió una ópera

Yamilé Jiménez
20/ 09/ 2017

Benedetto Odescalchi, (1611-1689) está considerado como el Papa más destacado del siglo XVII por su integridad innegable y su intachable carácter moral y que, conocido como Inocencio XI, fue beatificado en 1956. Sin embargo, dictó una declaración que luego sería renovada por el Papa Clemente XI en la cual puede leerse:

«La música es totalmente dañina para la modestia que corresponde al sexo femenino, porque las mujeres se distraen de las funciones y las ocupaciones que les corresponden... Ninguna mujer... con ningún pretexto debe aprender música (ni)... tocar ningún tipo de instrumento musical».

No obstante, siempre hay quien se atreve a desafiar los modelos, las reglas y las convenciones, incluso aquellas que, presumiblemente, han sido dictadas por el representante  corpóreo del Todopoderoso celestial.

Y es justamente el caso de la cantante, compositora y poeta Francesca Caccini, que a tan solo unos 230 Km de la morada pontificia, logró convertirse en la primera fémina de la historia que escribió una ópera, aunque ciertamente el suceso musical ocurrió unos años antes del nombramiento de Benedetto Odescalchi como Inocencio XI.

Igualmente no caben dudas de que el edicto papal no hizo más que dejar en blanco y negro lo que muchos ciudadanos masculinos pensaban y determinaban acerca del papel de la mujer en la sociedad desde tiempos inmemoriales.

Francesca Caccini nació el 18 de Septiembre de 1587 en un ambiente marcadamente artístico y musical, encabezado por su padre Giulio Caccini quien, durante décadas, se desempeñó en la corte de los Medici como compositor e intérprete de clave, arpa, cítara y laúd.

A Giulio se le atribuye el mérito de haber encabezado junto a otros, la Camerata Florentina y participar activamente en la creación del género operático.

Francesca Caccini debutó como cantante en 1600 teniendo como escenario el palacio Pitti de la ciudad de Florencia y como pretexto la ceremonia matrimonial entre Enrique IV de Francia y María de Medici. Allí la joven formó parte del elenco que estrenó la ópera pastoral Eurídice, compuesta por Jacopo Peri (1561-1633).

Luego hacia 1604 la familia Caccini se instaló en Francia y aunque el soberano Enrique IV les propuso que permanecieran en el sequito artístico de su corte, todo parce indicar que fueron reclamados por las autoridades florentinas, razón por la cual, regresaron nuevamente a Italia donde la joven Francesca continuó desarrollándose como cantante a la diestra de su padre.

En 1607 y habiendo logrado el reconocimiento de numerosos  compositores de la talla de Claudio Monteverdi, la hija de Giulio Caccini contrajo matrimonio con Giovanni Battista Signorini, músico igualmente reconocido por su participación en la Camerata Florentina.

Fue precisamente en esta época que sus dotes como compositora comenzaron a dar frutos inicialmente en el género Intermezzi (pequeñas piezas representativas generalmente cómicas) y luego en la ópera.

Algunos documentos de la época certifican que para 1618 Francesca Caccini, como empleada de los Medici, era de los músicos mejor remunerados de la corte, incluso, recibía mayores honorarios que su progenitor. En ese año bajo el nombre Il primo libro delle musiche fueron publicadas algunas de sus obras vocales con acompañamiento instrumental, creadas visiblemente para ser interpretadas por ella misma.

Francesca Caccini escribió además música religiosa y cinco óperas, de las cuales, solo ha sobrevivido La liberazione di Ruggiero dalla ísola d´Alcinacompuesta en 1625 con motivo de la visita del príncipe Ladislaus Sigismondo a la corte florentina de los Medici.

Tres años más tarde, esta partitura fue representada en la ciudad de Varsovia, convirtiéndose así en la primera ópera italiana exhibida en el extranjero.

Hacia el final de su vida son escasos y ambiguos los datos de esta cantante y compositora y la mayoría de sus biógrafos ubican su muerte entre 1630 y 1640.

Cuando Inocencio XI asumió el rumbo del Vaticano en 1676, ya el nombre de Francesca Caccini tenía un lugar bien ganado en la historia de la música, algo que ni el mismísimo Papa pudo evitar.

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