Los aportes de Felipe Pedrell

Yamilé Jiménez
30/ 08/ 2017

El siglo XIX fue la era de la ópera italiana y España, como el resto de los territorios del Viejo Continente, durante un largo tiempo solo consiguió que sus compositores nativos la imitaran.

En el intento de contrarrestar esta epidemia lírico teatral, en el suelo ibérico se impuso un decreto en 1801 en el cual, todas las óperas debían ser traducidas al castellano, prohibiéndose así la participación extranjera en los elencos operáticos.

Esta medida estimuló a los compositores españoles a crear piezas líricas en su propia lengua, pero el ideal estético, la fisonomía y en general, el espíritu de estas óperas, y a pesar de los esfuerzos, siguió siendo marcadamente italiano.

No obstante, hacia la segunda mitad del siglo, con creadores como Francisco Barbieri (1823-1894), Emilio Arrieta (1823-1894) o Ruperto Chapí (1851- 1909) comienzan a aflorar en la música española destellos de un insipiente nacionalismo, que si bien ya imperaba en otros territorios, en España sin embargo, tardó un poco más en imponerse.

La necesidad de rescatar lo propio, lo auténtico, lo distintivo de la música española tuvo en Felipe Pedrell (1841- 1922) el adalid en el resurgimiento de la nacionalidad musical, además de ser autor de óperas, canciones, poemas sinfónicos, música de cámara y religiosa.

Felipe Pedrell nació en Tarragona y de niño se adentró en las sonoridades de la polifonía renacentista como miembro del coro de la catedral. Precisamente influenciado por este repertorio sacro se ubica su primera composición cuando contaba unos 15 años y se trata de un Stabat Mater a tres voces.

En 1863 comenzó a estudiar música en Barcelona y entre 1876 y 1877 continuó su formación en Roma y París. A esta etapa pertenecen sus obras: Al-leluia y varias Misas para dos y tres voces con acompañamiento de órgano, sus óperas: El último AbencerrajeyQuasimodo; Sinfonía Milá, y los ciclos de cancionesOrientales yConsolations, entre otras.

Más tarde aparecerían otros títulos entre los que destacan la trilogía Los Pirineos, que, estrenada en Barcelona en 1902, exhibe la madurez definitiva, según sus estudiosos.

Sin embargo, a pesar de su amplia faceta como compositor en la que abarcó una sustancial cantidad de géneros, la figura de Pedrell ha sido históricamente cuestionada e este campo, llegando a ser llamado el Wagner español, por su exagerada admiración hacia el músico nacionalista alemán.

Pero más allá de esta polémica que incluso ha trascendido el siglo XIX, la musicología moderna ha denominado, casi unánimemente, a este músico catalán, como el folclorista hispano más destacado del siglo XIX y se le adjudica la paternidad de la doctrina nacionalista en la música española.

Cierto es que su valor como recopilador e investigador de la naturaleza musical de su tierra dieron como fruto, trascendentes escritos de investigación, recogidos en ensayos, críticas, libros, notas musicales y en sus numerosas conferencias.

Entre sus tratados teóricos sobresalen: Por nuestra música (1891), Diccionario técnico de la música (1894), El teatro lírico español anterior al siglo XIX (1898), Emporio científico e histórico de organografía musical antigua española (1901). El organista litúrgico español (1905), Coplas e instrumentos populares (1914), Cancionero musical popular español (1922), entre otros relevantes estudios sobre la historia y la esencia de la música española.

Junto a su notable labor como musicólogo y divulgador musical, no menos relevante fue su tarea en el terreno de la pedagogía musical, que iniciada en 1894 en el Real Conservatorio de Madrid, dejó profundas huellas en músicos como Isaac Albéniz, Enrique Granados y sobre todo Manuel de Falla, para muchos, el compositor que internacionalizó la música española.

Precisamente sobre su maestro, Manuel de Falla apuntó:

«Nosotros, los que hemos sido estimulados y guiados por la obra musical de Pedrell, se puede afirmar que ella, por sí sola, habría bastado para provocar el renacimiento del arte musical español».

Hacia el final de su vida, Pedrell se quejó de los ataques propinados a su labor como músico y exigió que su obra fuera escuchada y estudiada, para entonces recibir un criterio objetivo, ya que según él, España no le hacía justicia a sus partituras.

Devaluado como compositor, Felipe Pedrell murió en agosto de 1922 inmerso en el abandono y la soledad.

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