Danza Macabra, ineludible y forzosa

Yamilé Jiménez
04/ 08/ 2017

La figura de la muerte encarnada en un bailarín o un violinista que invitan a la danza,  tiene una larga historia; y es que el concepto de muerte en la sociedad ha ido siempre mucho más allá del interés puramente biológico y o académico, para involucrarse  en la cultura en su acepción más profunda y extendida.
Algunos aseguran que la Danza Macabra ya se bailaba y representaba en el siglo XIV y que luego,  debido a las plagas y conflictos bélicos acontecidos a lo largo de ese siglo y del siguiente,  comenzó a extenderse una ideología popular en la que un esqueleto, que simbolizaba la muerte,  se fuga de su tumba para convidar a los seres vivientes a que le acompañen.
Fue así que nació la Danza Macabra, una especie de género literario-teatral,  que  en esencia  es  un pronóstico acusatorio de que los placeres terrenales, tarde o temprano,  tendrán su fin y un memorándum sobre  la obligatoriedad  de la muerte,  con independencia absoluta de clase social y capacidad financiera.
Por ello, entre las figuras comúnmente convocadas a la representación junto a la parca es frecuente encontrar Papas, Obispos, Emperadores, etc.,  para corroborar la nula importancia que reviste  el hecho de quién seas o cuanta riqueza posees, cuando te llega el momento de abandonar la vida terrenal.
En disímiles sitios de la Europa medieval se han localizado  dibujos de la muerte tocando el violín  y se conoce que, con independencia de raza, edad, religión o condición social, era muy frecuente que las personas danzaran al son de esta música  a pesar de ser considerado  un espectáculo tétrico y macabro.
Aunque muchos pintores han dedicado obras a la danza de la muerte, los más famosos dibujos corresponden al artista alemán   Hans Holbein el Joven, que inspirado en varios frescos de iglesias, creó más de 50 grabados en madera entre  1523 y 1535, que durante siglos han sido objeto de numerosos estudios dando  lugar a una vasta literatura en alemán, francés, italiano, holandés e inglés.
También durante el siglo XV numerosos documentos dan fe de que se representaban pantomimas sobre esta danza simbólica en sitios como Alemania, Francia, Suiza, Flandes y especialmente en suelo teutón, se hizo  muy popular una danza infantil llamada “El hombre negro” que representaba  la muerte y convidaba al baile.
La literatura tampoco escapó al influjo de este tema y entre sus exponentes sobresalen el dramaturgo portugués Gil Vicente (1465-1536) con su trilogía: Auto da barca do inferno (1516), Auto da barca do purgatorio (1518), y Auto da barca da gloria (1519);  y Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) junto a Diego Sánchez de Badajoz, (1479- 1549) con sus respectivos Autos sacramentales.
Hasta Miguel de Cervantes se dejó influir por la danza mortuoria y en la segunda parte de El Quijote,  sus dos personajes legendarios disfrutan la representación de Las cortes de la muerte interpretada por una compañía de cómicos ambulantes.
En música, tal vez no sea tan remota  la presencia de esta temática como en otras artes, pero el francés Camille Saint-Saëns (1835-1921) dejó una valiosa muestra. Inicialmente compuso una canción para voz y piano tomando como referencia un poema de Henri Cazalis,  que describe a la muerte tocando el violín a media noche encima de una tumba.
Dos años más tarde en 1874 y estrenado al año siguiente, compuso el poema sinfónico “Danse macabre”, en la que el  violín solista  simboliza a la muerte,  mientras que el resto de los instrumentos de la orquesta representan a los mortales. Para lograr el ambiente tenebroso, Saint-Saëns escribió que la primera cuerda del violín (que representa a la Parca) se afinara en mi bemol, en lugar de mi natural.
En su estreno la Danse macabre de Saint-Saëns no tuvo buena  acogida por parte del público y muchos se quejaron de la sonoridad escandalosa de la orquesta. La crítica tampoco fue compasiva con el autor y  aparecieron frases  como “un horrible solo arañado de violín….. o “una versión deformada del día de la ira”….
Con el paso del tiempo, la Danse macabre de Saint-Saëns fue ganando partidarios  y terminó imponiéndose (tanto como la misma muerte)  y hoy,  junto a su Carnaval de los animales es una de las  obras más valoradas  e interpretadas del compositor y pianista  francés.

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