Nuevas sendas para la musicología cubana (+galería)

Layda Ferrando
12/ 06/ 2017

El azar, dicho con total propiedad, llevó a la musicóloga Gabriela Rojas a sumergirse en la práctica musical franciscana y su interrelación con personalidades e instituciones habaneras entre 1940 y 1953.

Entre los meses de diciembre de 2014 y mayo del 2015, la entonces estudiante de la Universidad de las artes (ISA) ampliaba sus competencias profesionales.

Concluía su Diplomado en Patrimonio musical organístico, edición que por primera vez organizaba el Gabinete en Patrimonio Musical Esteban Salas, perteneciente al Colegio San Gerónimo de la Habana.

Como ejercicio académico se proponía un primer acercamiento —desde la práctica musical y la investigación— al órgano de tubos. Este debía concluir con la catalogación de uno de estos instrumentos.

En sorteo, a Gabriela le correspondió el órgano situado en el Santuario de San Antonio de Padua, en Miramar. Sin embargo, lo que no sospechaba la también pianista es que en este recinto le aguardaba mucho más.

Silencioso y polvoriento, se develaba poco a poco un acervo documental de alto valor que la propia institución desconocía. Un valioso corpus documental indicador de la intensa actividad musical desarrollada por figuras asociadas a esta iglesia en la primera mitad del siglo XX.

Numerosas partituras manuscritas e impresas; documentos de gestión con referencias directas e indirectas a la música: programas de concierto, correspondencia, documentos promocionales e iconográficos daban fe de una profusa actividad musical.

Fértil actividad musical desarrollada en el período comprendido entre 1940 y 1953 por parte de figuras y entidades culturales asociadas a la orden franciscana, integrada en su totalidad por frailes vascos.

El Orfeón Vasco difundió un repertorio de carácter sacro que respondió estéticamente a los valores del Motu proprio defendidos por los músicos franciscanos.

Esta práctica sin implicaciones litúrgicas revistió paralelamente usos lúdicos y nacionalistas, dado el valor identitario atribuido por la comunidad vasca a la música religiosa y de carácter popular.

Esto implicó el funcionamiento de la escena como espacio de reafirmación de la identidad de este colectivo en el contexto habanero.

La relevancia de una escena aun poco explorada, como es la práctica musical religiosa de esa etapa, meritaba la organización y descripción general de los documentos encontrados.

Los resultados

Estamos ya ante el primer mérito de esta investigación.

Con dedicación y cuidado, la joven musicóloga, apoyada por el equipo de trabajo del Gabinete en Patrimonio Musical Esteban Salas, procedió a la evaluación, clasificación, ordenación y descripción del acervo a partir de la realización de un inventario analítico.

Uno de los hallazgos más significativos fue el libro de recortes del compositor, director y organista vasco Estanislao Sudupe (1905-1973).

El documento registra de manera cronológica —a partir de y fragmentos de publicaciones periódicas, programas y fotos— sus diversas funciones e intervenciones en eventos musicales durante la década del 40 del pasado siglo.

Esto permitió a la investigadora establecer que Sudupe, junto a Ángel Arguinchona y José de Arrúe, son las figuras más significativas de esa comunidad en su liderazgo de la Escolanía Franciscana y el Orfeón Vasco.

Y en su tesis queda claramente demostrada la contribución decisiva de estos músicos a la participación de la orden franciscana en el complejo espacio sociocultural habanero.

Rojas completa la percepción sobre una figura como Sudupe, mencionada con anterioridad por Edgardo Martín en su imprescindible Panorama histórico de la música en Cuba.

Al tiempo, devela las interacciones de este y de otros músicos vascos con personalidades e instituciones capitalinas de aquel momento.

Una relación que posibilitó que su práctica musical trascendiera el contexto eclesiástico y nacionalista vasco y se implicara en los procesos y debates culturales republicanos.

Y aquí estriba otro valor de la investigación.

No se limita a indagar en la vida y obra de los músicos en cuestión sino que devela un interesante entramado social a partir de la microhistoria.

Al analizar minuciosamente esta particular escena —la religiosa— Rojas evalúa las relaciones concretas entre actores y mediadores; los usos e implicaciones funcionales de la práctica musical franciscana y su relevancia social.

Establece que el estudio de la escena musical franciscana— más allá del reconocimiento a la contribución de esta comunidad a la actividad musical capitalina— ha permitido indagar en las dinámicas artísticas, los posicionamientos estéticos y el complejo entramado social de la República entre 1940 y 1953.

Advierte sobre la pluralidad de discursos identitarios que generaron músicos, benefactores, promotores, audiencias y críticos alrededor de la música, a partir de los usos, sentidos y funciones otorgados a los repertorios desarrollados en concierto.

En suma, reconstruye una particular escena sociocultural cubana que aún espera ser pertinentemente estudiada.

Las nuevas sendas

El trabajo de diploma La práctica musical franciscana y su interrelación con personalidades e instituciones culturales habaneras (1940-1953) abre nuevos caminos a la historiografía cubana.

Al develar el particular universo de relaciones socioculturales de los músicos de esta orden religiosa con el movimiento cultural habanero invita a profundizar en varios tópicos.

Uno de gran importancia es el de las representaciones de lo cubano.

Representaciones que en nuestro historiar han colocado a determinados grupos humanos y a determinadas clases sociales como protagónicos, invisibilizando a otros o excluyendo su rol en el devenir sociocultural.

Al analizar esta escena, donde concurrieron obras religiosas, nacionalistas vascas y cubanas, volvemos la mirada sobre el decisivo papel de las corales en el desarrollo musical cubano.

Y, sobre todo, visibilizamos una serie de actores de suma importancia que en sus vínculos culturales establecieron un quehacer musical de relevancia social.

Esto queda demostrado a través del estudio de los repertorios puestos en escena por Sudupe y Arrúe.

Y la tesis en cuestión esboza la interacción de estos con figuras de orientación vanguardista y neoclásica –José Ardévol y Edgardo Martín– y de impronta nacional tradicional como Gonzalo Roig y José Luis Vidaurreta.

Pero este camino ha de ser recorrido con mayor detenimiento.

Como también habría que profundizar en definitorio vínculo entre los compositores de la Schola Cantorum de París y los compositores cubanos dentro y fuera del culto católico.

Por otra parte, sería pertinente acometer la realización del estudio monográfico de Estanislao Sudupe, organista, director, compositor, promotor y formador de organistas cubanos.

La investigación allana el terreno para acometer el catálogo de Estanislao Sudupe, José de Arrúe y Adolfo Villaraos.

Y también la transcripción y digitalización de los arreglos y versiones corales que realizaran a obras de Ernesto Lecuona, Moisés Simons, Jorge Anckermann, Eduardo Sánchez de Fuentes, Emilio Grenet y Gonzalo Roig.

Así será posible su interpretación y registro fonográfico como parte de la memoria musical de nuestro país.

Y aunque excede las competencias de la musicología, desde la tesis de grado de Gabriela Rojas se invita a indagar en el vínculo entre el catolicismo y las figuras intelectuales y culturales republicanas.

Entre ellos, sin dudas, su expresión más notoria está en el grupo de poetas y literatos asociados a la publicación de la revista Orígenes.

Múltiples caminos, jugosas sendas abre esta investigación que escudriña, con rigor científico y compromiso ético, en una escena sociocultural poco favorecida por nuestra historiografía.

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