El pregón, Lecuona, Händel y otros músicos

Yamilé Jiménez
30/ 05/ 2017

Con la finalidad de avivar el trabajo y conquistar la atención de virtuales consumidores, los pregones se han escuchado desde tiempos inmemoriales.

Particularmente en Cuba, esta costumbre, mezcla de artilugio comercial, música, teatralidad y folclor, tuvo su momento climático entre finales del siglo XIX y principios del XX.

Luego comenzó a desaparecer paulatinamente con el advenimiento de otras vías de comunicación más avanzadas y efectivas; y en los últimos años, no es difícil descubrir, en una buena parte de las localidades de nuestra isla, un resurgir del pregón, adaptado naturalmente, al contexto social y al lenguaje textual y musical de los tiempos que corren.

El pregón callejero ha sido fuente de inspiración para nuestra música tradicional y títulos como: Se va el dulcerito de Rosendo Ruiz Suarez, El frutero de Ernesto Lecuona, o Frutas del Caney de Felix B. Caignet, han recorrido el mundo entero en reconocidas voces y numerosas versiones para diversos formatos musicales, siendo el más popular de todos El manisero de Moisés Simons.

Algunos se inclinan a pensar que el pregón guarda cierto vínculo con las características climatológicas de los países, dado que en las zonas donde en una buena parte del año priman las bajas temperaturas, la posibilidad de exponerse a la intemperie, limita la labor del pregonero.

Sin embargo, la historia y sus insospechados recovecos, nos inducen a pesar que esta teoría no es completamente acertada. Pero mi interés en este tema, de momento, va un poquito más allá de si un terreno, estado o nación, es adecuado o no para la actividad económica de los vendedores ambulantes.

Lo atractivo del asunto, se relaciona con el vínculo que puede establecerse a partir de la inclusión de los pregones en la música de concierto.

De modo general, esta música, originalmente nacida en las calles y con una finalidad definitivamente trivial, ha sido capaz de insertarse directa o indirectamente en las partituras escritas por músicos de probada notoriedad.

Este hecho resulta tan cierto como antiguo, al encontrar numerosos pregones locales en composiciones corales del siglo XIV, especialmente en un género vocal italiano conocido como Caccia, emparentado con el madrigal y la ballata.

Orlando Gibbons (1583-1625), uno de los principales compositores británicos de la etapa final del Renacimiento, introdujo pregones en sus fantasías (Fancy) para viola con partes corales añadidas. Sin embargo, no fue el único que se sintió cautivado por esta música callejera.

Clément Janequin (1485-1558), compositor francés considerado el principal maestro de la canción (chansons) francesa del siglo XVI, ha dejado una obra bastante reconocida, la cual, contiene numerosos pregones parisinos que se hicieron famosos en su época.

Thomas Ravenscroft (1582 o 15921635), fue teórico, compositor, y editor inglés y dentro de su producción, destacan sus obras: “Deuteromelia”, “Pammelia”y “Melismata” compuestas y publicadas entre 1609 y 1611. Su nombre sobresale en los anales de la música inglesa básicamente por estas colecciones de cánones, en las cuales, el compositor incluyó música folclórica británica, especialmente pregones.

Georg Friedrich Händel (1685-1759) el célebre compositor alemán nacionalizado británico, empleó pregones de su tiempo en uno de las arias de su ópera Serse, estrenada el 15 de abril de 1738 en el King´s Theatre.

En una carta que la escritora Lady Luxborough envió al poeta William Shenstone puede leerse:

«El gran Händel me ha dicho que varias de sus mejores arias han nacido al oír los anuncios de los vendedores callejeros».

En la literatura inglesa se encuentran numerosas alusiones a los pregones que se escuchaban continuamente en las calles de Londres y al placer que su cadencia, colorido y variedad, producía incluso, en las personas más ilustradas.

Ciudades como Venecia, Bolonia, Munich, Fráncfort, Londres, Paris y otras tantas del Viejo Continente, —echando abajo la teoría de que solo los lugares cálidos favorecen el quehacer de los vendedores ambulantes—, han ofrecido con sus pregoneros y sus pregones una atracción especial.

Muchos grandes maestros no han podido resistirse al embrujo de esta especie de apología pública que, con triviales palabras y melodías corrientes, seduce y complace sin saber aún porqué.

El novelista y musicógrafo cubano Alejo Carpentier señaló: «La verdad es que el pregón callejero o los accesorios que sirven para anunciar sonoramente una actividad o tipo de comercio, se cuentan entre las cosas más misteriosas que pueden atraer la atención de un hombre».

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