La ecuación de Piano Ritual

Juan Piñera
17/ 01/ 2017

Portada del disco Piano Ritual. Foto: Cortesía de Leonardo GellRecientemente publicado el disco Piano Ritual es resultado del trabajo de un artista-creador incansable: el costarricense Marvin Camacho, de verbo exquisito, mirada aguzada y oído igual agudo; y de su intérprete por excelencia: Leonardo Gell.

Es el cubano un pianista que ha quebrado lanzas y las seguirá quebrando, estamos seguro de ello, por la obra musical de estos tiempos de hermandad latinoamericana.

El binomio, desde hace años, nos tiene acostumbrados al hecho artístico, ese que solamente aparece, de muy de ver en vez, develando los secretos de un compositor con voz propia y personal.

Ello, según la sensibilidad de un intérprete-artista que les conoce, o mejor aún, imagina todos los secretos del maestro; o, al menos, los fundamentales, para recrearlos; lo que es igual a multiplicarlos.

Insisto: tal binomio es una ecuación que nos lleva de la mano a las esencias de la espiritualidad de ambos artistas; de ahí que Camacho haya expresado de su intérprete, suerte de hijo espiritual: «Escuchar a Leonardo Gell interpretando mi música es como escucharme a mí mismo».

Tanto ha interiorizado el joven pianista en el mágico mundo de este compositor, un hombre de pensamiento renacentista, pues le son cercanas otras artes donde reina, en especial, la literatura, la de sus ancestros y la universal, llámese la de un Dante Alighieri o la de un Miguel de Cervantes.

Marvin Camacho hurga dentro de sí mismo, como todo verdadero artista y también, como todo lo verdadero, también tiende su mirada convencida a sus alrededores; desde aquel pasado ancestral que siempre le rodeará y nos rodeará, conformándonos, hasta el tiempo presente que se bifurca en la incertidumbre del futuro.

Futuro que en su caso se nos antoja promisorio por su voluntad de buscar y hallar la belleza de lo ritual.

Y mucha belleza existe en su obra para piano, especie de lanza y escudo de su producción, donde aparecen, desde sus tres ambiciosas sonatas dantescas, hasta las Tres Quijotadas de un Hidalgo; y con una mención especial Preludio y habanera para la mano izquierda, que en estos instantes se me antoja: reafirmación de la complicidad existente y eterna del intérprete y el maestro.

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