Cierre de lujo para jornadas de pianistas

Layda Ferrando
29/ 06/ 2016

Memorable resultó la gala de clausura del 4to. Encuentro de Jóvenes Pianistas.

Luego de las espontáneas palabras de agradecimiento de Miriam Escudero —coordinadora general del evento— y del eminente Salomón Gadles Mikowsky, orfebre de este magno suceso cultural, dos esbeltas figuras femeninas salían a escena.

La pianista cubana Karla Martínez y la Maestra Daiana García, encargada de guiar la Orquesta Sinfónica Nacional, desnudaban el maravilloso mundo sonoro beethoveniano.

Una introducción orquestal de más de dos minutos dio paso a la entrada del solista que tuvo en la solista una refinada ejecución a lo largo de sus tres movimientos.

El concierto fue concebido por la orquesta desde el canon historiográfico que lo hace deudor —partiendo de la propia convención tonal: do menor— de la obra mozartiana.

Es un concepto válido. Sin embargo, preferimos el principio interpretativo que resalta la energía y el empuje emotivo, no exento de la perfección técnica y formal heredada, pero que proclama la intensa y vehemente personalidad de su autor.

El reto principal de este concierto, como el de los restantes del genio de Bonn, es lograr el equilibrio y la armonía entre solista y conjunto acompañante donde se presenten y desarrollen con claridad las ideas.

Y aunque el sutil desafío no se alcanzó de manera convincente y tampoco primó la alegría y brillantez que definen esta obra en particular, agradecemos la respetable entrega por parte de la solista y la orquesta.

La segunda parte reservó un momento excepcional. Un gigante subía al escenario del majestuoso teatro Martí: Wael Farouk, pianista egipcio.

El archiconocido y siempre hermoso Concierto para piano No.2 en do menor, de Sergei Rachmaninoff, era interpretado con inusual naturalidad y perfección por este artista.

Farouk mostró toda una gama de timbres nuevos, al tiempo que sorteaba —con sorprendente naturalidad y hasta con deleite— las complejidades técnicas de la obra.

Todo fluía con prodigiosa espontaneidad al tiempo que seducía al público con su pianismo intenso, lleno de lirismo, soltura y pasión que no siempre se alcanzó desde el quehacer orquestal, pero que tuvo, sin dudas, momentos felices en las maderas y cuerdas.

Podría hablarse de la brillante trayectoria de Wael Farouk, de sus múltiples lauros, de sus bien ganadas becas para estudiar en reconocidas instituciones de los Estados Unidos, de sus giras de conciertos. Pero nada de ello puede superar la experiencia vital de la escucha.

Farouk es un domador de notas, las atrapa, las suelta y tiene el don de hallarle a cada una su espíritu escondido. Sus encore fueron hipnóticos.

Jamás había sonado con tantos colores la Danza de los ñáñigos, de manera que el propio Ernesto Lecuona se sorprendería al escuchar esta interpretación que engrandeció la cubanía con los más inusitados tonos africanos.

Un cierre de lujo para un magno evento que a lo largo de un mes ofreció al público 20 conciertos, la presencia de 26 pianistas de las más disímiles latitudes y del patio y una nutrida lista de obras del repertorio pianístico universal.

Regio proyecto que desde 2013 es una realidad cultural enriquecedora, que emana del sincero y altruista compromiso de un gran Salomón Gadles Mikowsky y el competente grupo de trabajo del Gabinete de Patrimonio Musical Esteban Salas, perteneciente a la Oficina del Historiador de La Habana.

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