Prosiguen ovaciones en días habaneros de piano

Ignacio Cruz Ortega
06/ 06/ 2016

Prolongadas ovaciones se llevó el cubano Melvin Fernández al estrenar en el país Doce Estudios Caribeños, de Roberto Valera, durante el 4to. Encuentro de Jóvenes Pianistas que acontece en La Habana.

La integral resulta «una empresa muy difícil y seria», según el intérprete que debió sustituir a su coterránea Lilibeth Fabelo, prevista con antelación para el programa de este 5 de junio en la Sala Cervantes.

Aceptó la propuesta a petición de Ulises Hernández, quien encabeza la Cátedra de Piano en el Instituto Superior de Arte, donde acaba de obtener su titulación tras varios años de perfeccionamiento en España.

«Quería era ser un músico formado totalmente en mi país y ha sido un sueño conseguido. Por eso estoy enormemente agradecido de todo lo que el maestro sigue haciendo por mí y de que me haya ofrecido esta oportunidad, aunque sea con tan breve recital», aseguró a CMBF Radio Musical Nacional.

Melvin Fernández asumió el complejo mundo sonoro dispuesto en Doce Estudios Caribeños, del que señaló «posiciones de la mano que hay que cambiar, además de trabajar la relajación del brazo y junto a ello la comprensión formal y estructural de las obras», como retos que debió enfrentar.

«Sobre todo el Estudio No. 6, que es muy largo. Es una forma sonata según ha dicho Valera. Y el Estudio No. 10, que tiene un clásico tumbao cubano», acentuó el músico que colabora actualmente con la Asociación Cultural Catalano-Iberoamericana de la Música, en la región de Cataluña, donde radica.

«Tenía deseos de hacer algo fresquito y disfrutar», señaló Melvin Fernández, que inició su presentación con La Isla Feliz, de Claude Debussy.

La oportunidad, entretanto, le permitió compartir el estreno cubano de la obra en presencia del autor, que dijo sentirse satisfecho de la propuesta realizada por Melvin Fernández de sus Doce Estudios Caribeños.

Al celebrar la interpretación, Salomón Gadles Mikowsky reconoció por su parte la cubanidad contenida en la integral y «el conocimiento pleno que el autor tiene del instrumento».

LA OBRA

Roberto Valera junto a Salomón Gadles Mikowsky. Foto: InternetVarela comentó a CMBF que compuso la obra en unos dos meses y sin proponérselo, hacia 2002, mientras recordó que con anterioridad Roberto Urbay interpretó seis de las piezas.

«Aunque los estudió todos con la intención de grabarlos, pero por dificultades en la época fue imposible», sostuvo.

Distinguió entretanto que las piezas guardan relación con la rítmica de la región, de ahí el calificativo de «Caribeños» que acompaña el título.

«No quiere decir que sea un son, que haya un chachachá o una rumba. Todo eso está más o menos en la atmósfera de la música, la que he bebido desde mi infancia. Porque mi lengua materna musical, podría decir, es la música popular cubana y de alguna manera eso está en estos estudios».

«En un momento dado puedes escuchar algo que parece un tumbao o una canción trovadoresca o un son, todo eso está en la obra; que quise, no fuera solo para iniciados en la música», aseveró.

Al preguntarle por las principales características formales que identifican las partiturasaseguró que «son Estudios, no en el estilo para ejercitar la octava o el quinto dedo, o determinado recurso pianístico; sino, en el sentido de lo que pudieran ser los Estudios de Chopin, sencillamente música; y dentro de ella todos los problemas musicales que tienen que ver, sobre todo, con la música cubana».

«Pueden ser muy útiles para comprender la música cubana, tan llena de acentuaciones inesperadas, de síncopas, de ritmos que recuerdan la música bailable de cuba», explicó por último.

EL DEBUT

Al final del programa la china Jiayin Li debió volver ante el público en repetidas ocasiones.

Su expectante debut en Cuba, por cuenta del éxito de sus coterráneos en ediciones anteriores del Encuentro de Jóvenes Pianistas, avizoró una coronación similar.

Contenida y eficaz se dejó escuchar al inicio, entre la Tocatta en mi menor, BWV 914, de Johann Sebastian Bach; y la Sonata No. 22 en Fa Mayor, Opus 54, de Ludwig van Beethoven; como preparando el camino para un después.

Así, dejó su mayor impacto para El Amor y la Muerte (de «Goyescas»), de Enrique Granados.

Jiayin Li aprovechó cada intervalo de la partitura para recrear las emociones descritas y desenvolver el contenido en un singular ejercicio de interpretación. Quizá, el de mayor acentuación virtuosa en la jornada.

Luego, la alumna de Salomón Gadles Mikowsky en la Manhattan Scholl of Music, selló las emociones con una cuidada interpretación de la Balada No. 4 en fa menor, Opus 52, de Frédéric Chopin.

Confirmado su magisterio regaló al auditorio, de encore, las danzas El velorio y Mensaje, de Ignacio Cervantes; y aún más, un siguiente con la Bourrée fantasque, de Emmanuel Chabrier, como despedida.

 

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