Julián Orbón: el enigma develado

Layda Ferrando
29/ 09/ 2014

Entre los músicos cubanos de la pasada centuria, Julián Orbón brilla por la robustez y singularidad de su creación. Sin embargo, su obra ha sido difundida con timidez y durante años permaneció como una incógnita para el público de la Isla.

Nacido en España, hijo del músico avilesino Benjamín Orbón –quien fundara el reconocido Conservatorio Orbón-, este compositor, pianista y ensayista desarrolló parte importante de su quehacer en Cuba.

Sus obras, afirmadas en remotas raíces, recrean los sonares de la mayor de las Antillas desde las más agudas y eficaces técnicas contemporáneas. Faena creativa modelada en los avatares académicos del Grupo de Renovación Musical, que liderada la vanguardia musical cubana entre 1942 y 1948, del cual fue miembro.

Una excelente muestra de ello está contenida en el disco Julián Orbón que Producciones Colibrí logró en 2013 —quinta entrega de la serie sobre los autores nucleados en este reconocido grupo de compositores — multipremiado en la Feria Internacional Cubadisco.

Muchas son las virtudes de este fonograma, primero que se consagra íntegramente a la producción del Maestro, quien viviera entre 1945 y 1991.

Destacan la elección de obras y la pulida interpretación de las mismas a cargo de los pianistas Ana Gabriela Fernández y Fidel Leal, la soprano Bárbara Llanes y la Orquesta Sinfónica del Instituto Superior de Arte, ISA, bajo la dirección de José Antonio Méndez.

Las tres obras recogidas pertenecen a distintos períodos creativos del compositor.

Libro de cantares, fechado en 1987 —inspirado en el Cancionero musical de la lírica popular asturiana, de 1920 — descorre la cortina sonora en la exquisitez interpretativa de Bárbara Llanes y Ana Gabriela Fernández, quienes atrapan al oyente con su fuerte cohesión expresiva y dramática.

Sobre esta obra, una de las últimas composiciones de Orbón, la musicóloga Ana Casanova reconoce en sus enjundiosas notas al disco que «a partir de los cantos folclóricos, Orbón crea en este ciclo un nuevo mundo de cantares en el piano, con sorprendentes armonías modales, notables modulaciones, y un minucioso trabajo rítmico, de polifonía y contrapunto.»

Mientras, Toccata, en las manos de Fidel Leal, nos remonta a los inicios creativos del compositor. La partitura data de 1943, cuando los moldes neoclásicos signaban su quehacer.

Prosigue sus valoraciones Casanova, al decir que Leal destaca «por la pianística exhibida en una pieza tradicionalmente concebida para resaltar las posibilidades técnicas de los ejecutantes.»

A ello sumamos otro valor. Ambas obras tienen en esta producción su primera grabación mundial.

Cierra el disco Tres versiones sinfónicas, composición de 1953 que luce la esencia hispanoamericana del Maestro. En ella fluyen las músicas hispanas, cubanas y latinoamericanas para dar como resultado una obra plena de colores y rítmicas.

Interpretada brillantemente por la Orquesta Sinfónica del ISA, el acertado concepto musical de José A. Méndez, la engrandece para lograr un cierre de altos quilates.

Al empeño de otro grande, el Maestro Ulises Hernández, debemos maravillas como estas, donde la casa discográfica Colibrí revela el particular mundo sonoro de este artista en una producción de lujo.

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